El movimiento obrero surge de la Revolución industrial como consecuencia de la falta de derechos que los trabajadores tenían en las fábricas. Las primeras manifestaciones del movimiento obrero se plasmaron en el ludismo (destrucción de máquinas) a las cuales se las responsabilizaba de la pérdida de la capacidad adquisitiva del pequeño artesano. Éste término proviene del obrero inglés Ned Ludd, que en 1779 destruyó un telar mecánico. Sin embargo, los obreros se dieron cuenta de que no era la máquina su enemiga sino el uso que de esta se hacía, fue entonces cuando dichos obreros comenzaron a dirigir sus quejas a los empresarios. Así nació el sindicalismo, entendido como un movimiento de resistencia contra el capitalismo. Y es que cuando dio comienzo la revolución industrial estaba prohibido que se realizaran asociaciones de trabajadores, calificadas y contempladas como delito penal. Años 1776 al 1810. Pese a esto existían los sindicatos. Después de este tiempo en varios países se dio la llamada etapa de tolerancia en donde se admitían agrupaciones de trabajadores.
Como se ve los sindicatos no nacen a la sombra del Estado, como en estos momentos UGT o CC.OO. y otros, sino de las necesidades de los trabajadores por la situación de explotación existente.
Bien, un Sindicato, grosso modo, es un instrumento para la defensa de clase. Entendiendo por clase, a la sujeta a la ley del salario. De manera que si el concepto general no admite más que una sola clase, se deduce fácilmente que en el Sindicato caben todos los asalariados, con tal que lo sean efectivamente, sin distinción de ideas políticas y religiosas, ya que el Sindicato, de derecho, es el instrumento que se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, y es en ese plano de convergencia, común a todos los asalariados, donde resulta posible un estado de convivencia inteligente entre los mismos, por más heterogénea que sea la compasión espiritual e ideológica de la colectividad formada por ellos.
La defensa de los intereses de clase frente a la burguesía, que como clase aparece siempre compacta en la defensa de sus intereses, sólo puede desarrollarse eficazmente mediante la su unión en un fuerte bloque de oposición; y esa unión no es realizable en ningún caso por una espontánea coincidencia ideológica, pero sí por la correlación de los intereses comunes de clase. Primero son los intereses profesionales y económicos el agente único aglutinador que determina la unión, y luego es la convivencia la que engendra y realiza la coincidencia ideológica. Resultando fatal que si el Sindicato, no es más que un instrumento que se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, de la coincidencia ideológica no trascenderá, de hecho, la lucha político- social.
La burguesía sabe perfectamente que su prosperidad económica y su hegemonía político-social dependen de la miseria de los trabajadores, de todo aquél que vive de un sueldo, y es ahora, en estos momentos, cuando se comprueba, que a mayor progreso corresponde mayor miseria. La burguesía fuerza el desenvolvimiento del progreso mecánico, e insuficiente éste para el objetivo social perseguido, busco el complemento en la llamada nacionalización de la producción, cosas ambas cuya tendencia directa consiste en provocar la concurrencia de brazos y, por consiguiente, la depreciación de los mismos; es decir, el objetivo social perseguido es crear una reserva de desocupados con un doble fin: obtener mano de obra barata y situar a esa clase social en estado de indefensión constante como clase.
Por otra parte, la concentración de las industrias en trusts o la inteligencia de las mismas sobre la base de los denominados cárteles, tiene por finalidad desterrar la concurrencia en los mercados; evitar las competencias comerciales, dejando vía libre a la iniciativa capitalista en la valorización de los productos, cuyo resultado no será otro, no es hace mucho tiempo otro, que el encarecimiento general del costo de la vida.
De forma que, mientras el progreso mecánico y la racionalización de la producción permite al capitalismo obtener la mano de obra barata y retener al trabajador en estado de indefensión como clase, a la vez, por medio de los trusts, cárteles, monopolios y oligopolios, consigue la facultad de la iniciativa en la valorización de los productos en el mercado. Si la prosperidad económica y la hegemonía político-social de la burguesía dependen de la miseria del proletariado, es indiscutible que lo han conseguido.
Pero simplifiquemos la cuestión. La lucha contra el empresariado burgués es trascendente en dos cuestiones. Una de carácter puramente económico y la otra de orden humano. La primera, y en el mejor de los casos, no pasa de ser una conquista ilusoria; cuando en la segunda hay conquista, trae siempre ventajas de orden moral de clase, las cuales colocan a aquellos en marcha ascendente hacia su emancipación.
Entendámonos. Cuando el currante se lanza a la lucha en pos de una conquista económica, esto es, de un aumento en los salarios, la conquista no es más que una ilusión. La burguesía cargará sobre la producción el tanto por ciento equivalente al aumento adquirido por la mano de obra, y la consecuencia es lógica: el trabajador verá aumentados sus salario, pero ha visto a la vez, o casi a la vez, aumentar también el coste de la vida. El fenómeno es consustancial al sistema económico de la sociedad capitalista, y la expresión del fenómeno es cosa fatal e indeclinable. No pasa lo mismo cuando la conquista representa la reducción de jornada u otra mejora que tienda a la humanización de las condiciones de trabajo, ya que entonces, aunque el “empresario” no descuida nunca buscar la compensación correspondiente a la mejora o mejoras obtenidas por la mano de obra, y la compensación significa siempre recargar los precios de los productos, el proletariado alcanza una cantidad de libertad y de bienestar físico y moral, más tangibles y positivos que las conquistas económicas, que en ningún caso, o en pocos casos, representan ventaja alguna.
Pero no hay que analizar el problema desde el punto de vista individual solamente, sino también desde el colectivo. Cuando las jornadas eran, oficialmente, de diez o más horas diarias de trabajo, el argumento en que se apoyaba la petición de la jornada de trabajo se basaba en la razón, muy humana, por cierto, de que con ello se facilitaría trabajo a los desocupados. Conseguida la jornada de ocho horas, se ha visto que las legiones de desocupados, lejos de desaparecer o disminuir, han aumentado. Nadie niega que la implantación de la jornada de ocho horas fue seguida de un periodo de tiempo en que los desocupados desaparecieron casi por completo, pero puede afirmarse que ese periodo no fue más que una transición necesaria, durante la cual el patronato organizó las industrias para que el exceso de producción creara de nuevo el problema de los desocupados. Hay dos maneras de mantener la miseria de la clase baja, de la clase trabajadora o proletaria, tan necesaria a los intereses del capitalismo( y en el logro de estos fines juegan hoy los sindicatos un papel esencial): la reserva de desocupados y la coerción gubernamental.
En el grado de eficacia necesaria, ésta solo es posible con intermitencias, y por eso la burguesía pone siempre en primer plano la subsistencia del problema de los sintrabajo, que en la balanza social es el factor constantemente dispuesto a entrar en competencia y a suplantar a los trabajadores predispuestos a las rebeldías reivindicativas.
No está el mal en una manifestación externa de la organización capitalista: el mal, el daño, es más profundo, pues implica tocar la medula del sistema social basado en la explotación del hombre por el hombre. Por este motivo la legislación que regula las relaciones entre el capital y el trabajo, todo el intervencionismo del Estado creando institutos, corporaciones, tribunales arbitrales y sindicatos estatales para la defensa de los intereses de la burguesía empresarial, y demás órganos de fomento de la colaboración de clases, no son más que paliativos para desviar la verdadera y eficaz acción de clase que se dedica a trabajar y calificada como tal clase. La solución positiva, pues, está en la destrucción del sistema capitalista.
Aun obteniendo la clase trabajadora, o proletariado, los mayores triunfos, su situación económico-social es siempre la misma, no cambiará pues de lo contrario dejaría un día de serlo. (...)
No puede pensarse que un sindicato pueda ser una institución estatal financiada por el Estado y al mismo tiempo diga que su finalidad es defender las necesidades de los trabajadores. Eso es una esquizofrenia que ha conducido a que la burguesía española, la que ocupa el poder, haya aumentado considerablemente su capital y la clase trabajadora haya aumentado considerablemente su inestabilidad económica y vital.


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